Lugar
para la creación artística es este pequeño pueblo.
Lo han escogido como residencia habitual numerosos
artistas y poetas.Por sus escalinatas de piedra subió
un día el pintor Pacheco Altamirano y ancló su casa
con vista a la bahía. También Nicanor Parra reside
aquí, convirtiendo su casa en un lugar de trabajo
en medio de libros y recuerdos.
Tienen
alma los lugares. Tienen poesía secreta. Uno de ellos
es Las Cruces en el litoral central. Por algo lo han
escogido como residencia habitual numerosos artistas
y poetas. Acaso encuentran el silencio -tan esquivo
en la ciudad- en estas calles que suben en pendiente
entre pinos centenarios y añosos eucaliptos.
Por aquella escalinata de piedra subió un día el pintor
Pacheco Altamirano y ancló su casa con vista a la
bahía. La bautizó Villa Elisa y construyó la terraza
simulando una proa de buque abierta al océano. Incluso
la decoró con un bote denominado Angelmó como recuerdo
de su vida bohemia en las playas sureñas.
Allí mismo se levantan las otras casonas de veraneo,
como palacios de otro tiempo, con sus torreones aguzados
y sus palmeras despeinadas. Espectacular es la de
la familia Etchepare. No se queda atrás la de Amadeo
Gurdilach, enclavada en los roqueríos de la playa
norte del balneario y utilizada por muchos años como
casa de reposo para los delicados del corazón. Otra
legendaria es el Castillo Negro diseñada por el arquitecto
Héctor Hernández. Y también la de los Rodríguez que
es un verdadero refugio romántico con ventanales Art
Nouveau y pequeños cuartos empapelados llenos de misterios.
El
escritor Gustavo Frías habita también este viejo balneario
elegante en aquella casa de su padre historiador.
A veces se le ve bajar a la playa con el cineasta
Silvio Caiozzi o entrecruzarse con el dramaturgo Jaime
Silva. También Nicanor Parra reside aquí, convirtiendo
su casa en un lugar de trabajo en medio de libros
y recuerdos. ¡Que pena que se haya incendiado su antiguo
refugio que llamaba "La Pajarera"! Pero esta otra
morada es también alegre y fascinante como decorada
por un poeta.
Allí van
admirando la vegetación los creyentes que suben a
la pequeiia iglesia proyectada por fray Pedro Subercaseaux
en 1945. Tiene atmósfera la capilla y cierto misticismo.
Por algo las antiguas familias del balneario bautizaron
cada barrio con nombres eclesiásticos. Alrededor de
1925, el sector norte se denominaba El Vaticano porque
además de contar con varias capillas, era costumbre
rezar el rosario después del paseo por la playa de
los Pescadores. El barrio sur, en cambio, era El Quirinal,
aludiendo al famoso palacio romano. Efectivamente,
aquí la vida era menos piadosa, con paseos por la
Playa Blanca y bailes hasta la hora de comer.
Lugar
para la creación artística es este pequeño pueblo.
Especialmente ahora en otoño, cuando se han retirado
los veraneantes y sólo restan los entusiastas de la
paz a la orilla del mar, los enamorados de los crepúsculos
y los que aman esas inmensas hortensias que crecen
azuladas en los jardines de las casas. Tal vez el
clima marino sea propicio a que las plantas y docas
se den benignas en estos refugios de piedra cantera
por donde se descuelgan las pelargonias...